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17/08/05

Elogio de la esclava.

¿Ves a esta mujer, tendida a mis pies y adornada con collar, brazaletes y cadenas? Tal vez te parezca que la cadena que une mi mano con su cuello la aprisiona... pero, en realidad, la situación es exactamente la opuesta. Permíteme explicarme...

Imagínate que una mujer — como la que tengo a mis pies, si fuese libre — decide, libremente y por sí misma, que lo que ella realmente desea en la vida es pertenecerte del todo, sujetándose a tu voluntad para intentar complacerte por el resto de sus días. Digamos que, entonces, acude ante ti y se arrodilla a tus pies para informarte de su decisión y suplicarte que la recibas como tu Esclava, pues todo lo que ella desea es realizar tu voluntad, hacer exactamente lo que tú quieras hacer con ella. Supongamos, adicionalmente, que llegase al punto de decirte que, desde ya, es tuya — total e incondicionalmente tuya — para que dispongas de ella como gustes desde ese mismo instante...

¿Significa eso que ella acaba de perder su Libertad, mientras que tú conservas la tuya intacta...? ¡Todo lo contrario! A menos que seas una bestia sin sentimientos (...y, quizás, aún así) no tienes modo de evitar que se cumpla la decisión de ella. Quien ha quedado efectivamente encadenado por la responsabilidad... ¡eres tú! Ella, desde el instante mismo de su entrega, ha quedado liberada de toda responsabilidad, pues, al convertirse en tu propiedad, eres tú quien deberá responder por todo lo que ella diga y haga.

¿La rechazas y echas fuera...? Ella te obedecerá, conservándose a distancia hasta que la necesites o decidas llamarla. ¿La maltratas y usas sin consideración alguna...? Ella aceptará todo con la satisfacción de que la estás usando. ¿La recibes como tu Esclava...? ¡Bien! Eso la hará feliz. Hagas lo que hagas, al someterse ella completa e incondicionalmente a tu voluntad... ¡está realizando plenamente la suya propia de pertenecerte!

Y llevémoslo al extremo: Supongamos lo que casi descartamos antes... que fueses realmente “una bestia sin sentimientos”. A menos que además seas muy estúpido, no dañarías un “objeto de lujo” tan difícil de conseguir como éste. Al contrario, cuidarías de ella (aunque sólo sea para usarla y exhibirla como tuya), haciendo todo lo posible para evitar perderla o “estropear tus bienes”, pues eso reduciría su valor y utilidad para ti. Y, por duro que seas, la suavidad de ella te irá venciendo y humanizando, poco a poco, hasta que — algún día — llegues a valorarla como debiste haberlo hecho desde un principio.

¿Te atreves a creer que eso jamás ocurriría...? En ese caso, tu visión de la naturaleza humana es bastante negativa, al negar cerradamente la posibilidad de que aún en el corazón más negro exista algo de bondad. La única situación en que quizás no haya reacción alguna sería si el hombre fuese un psicótico peligroso al que no quepa más que encerrar en un manicomio... y, aún así, ésta sería una excelente terapia.

Pero sigamos llevando las cosas al extremo... Imagina que llegas a tu casa de muy mal humor y, cuando tu Esclava se aproxima a saludarte, la rechazas con insultos inmerecidos y — exageremos del todo — hasta la derribas de un bofetón. Dijimos que íbamos a llevar la cosa al extremo... ¡hagámoslo! ¿Cómo te sentirías si, en vez de quejarse, justificarse o recriminarte, vieras que ella vuelve desnuda, trayendo sogas o cadenas y un látigo para arrodillarse ante ti y suplicarte que la ates y castigues por la falta que supone debe haber cometido para que la trates así...? ¡Hasta el hombre más duro y cruel se sentiría como un miserable y tendría que recapacitar!

La verdadera sumisión — si es auténtica y duradera — vence cualquier resistencia. Es como la gota de agua que logra horadar la más dura roca... como la mano del recién nacido que difícilmente puede abrir un adulto con toda su fuerza... como la espiga de trigo que, doblándose, soporta el vendaval que quiebra y derriba al altivo roble. Es la Fuerza de la Suavidad — el Poder del Amor — que todo lo conquista.

Pauline Réage lo explica bien — en su breve pero lúcido Prólogo al libro “La Imagen” de Jean de Berg — al hablar de este tipo de relación, especificando que debe ser asumida con plena conciencia por ambos:

“La Esclava, postrada a los pies de su Amo y sometida a todo por él, se vuelve la invaluable Víctima Divina (o divinizada), mientras que el Amo queda, tan sólo, como el fiel Sacerdote que oficia, con temor reverencial, en estos Misterios del Amor.”

Y todo eso, como ella acota desde el inicio del texto citado (y también en su propio libro, “La Historia de O”), es parte de la naturaleza misma de Hombre y Mujer.

Pero, en la actualidad no sería legal — ni siquiera factible — que nadie asuma un Compromiso “de por vida” como éste. Y, por favor, fíjate que no hablamos de obligaciones impuestas, sino de la posibilidad de asumir uno de tales Compromisos por propia y libre voluntad.

Para ponerlo más claro: Sería totalmente ilegal — en todos los países — firmar un Contrato de Esclavitud, aún cuando la persona misma quiera asumirlo. Se daría por supuesto que tal mujer está loca y no tendría el derecho de disponer de su libertad para entregarla. Más aún, es muy probable que la internasen en algún manicomio... aunque diese sobradas pruebas de cordura. Por supuesto, el “malvado malhechor” (es decir, el Amo) que “la condujo a desviarse”, sería perseguido, enjuiciado y metido en prisión, tirándole encima todo el peso de la Ley... aunque, de hecho, no cometió crimen alguno.

Por todo esto, se necesita mucho valor — un tipo de Valor que sólo el Amor puede engendrar — para rendirse totalmente como Esclava así como para recibir ese precioso tesoro de una mujer que se nos rinde tan completamente. Pero, por supuesto... ¡bien vale la pena!

No hay Regalo mayor ni más valioso
que la Entrega total de una verdadera Esclava
 
 WolfLord 

Sacado de lovechains.

 

 

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